Carlos V (1515-1555)

Carlos V asumió la soberanía de los Países Bajos y fortaleció considerablemente su influencia. Sometió a su autoridad a las diecisiete provincias y llevó a cabo una política centralista que creó cada vez más descontento.

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En 1492, las provincias de Flandes, Artois, Brabante , Limburgo, Namur, Luxemburgo, Henao, Holanda y Zelanda, habían reconocido a Felipe el Hermoso como legítimo soberano. Güeldres y Zutphen, en cambio, quedaron bajo la soberanía de Carlos de Egmont. Las provincias de Lieja, Utrecht, Frisia y Groninga conservaron su independencia. Carlos de Egmont y Felipe el Hermoso se habían disputado denodadamente el dominio de las provincias aún autónomas. El hijo de Felipe el Hermoso, Carlos V, que alcanzó la mayoría de edad en 1515, consiguió someter a su autoridad – con excepción de Lieja – a todas las provincias, llegá ndose a crear así en el siglo XVI cierto grado de cohesión en los Países Bajos. En 1517, Carlos V partió para España a fin de suceder a su abuelo materno Fernando, y se estableció allí durante el resto de su reinado, volviendo sólo ocasionalmente a los Países Bajos por periodos de mayor o menor duración. Margarita de Saboya fue nombrada de nuevo regente de los Países Bajos. En 1519, Carlos V sucedió a su abuelo Maximiliano y se convirtió en Emperador de Alemania. De este modo, llegó a ser soberano sobre un inmenso imperio, al que pertenecían, entre otros, los territorios del Nuevo Mundo conquistados por los españoles. Carlos V llevó a cabo una política eminentemente centralista. Hizo caso omiso del “Gran Privilegio”, que había sido instaurado por su abuela y que concedía a las provincias amplia libertad política. En 1531 reformó el gobierno central y, al morir Margarita de Saboya, nombró a su hermana María de Hungría regente de los Países Bajos. El Gran Consejo fue desmembrado en tres consejos separados: El Consejo de Finanzas, el Consejo Secreto y el Consejo de Estado. Este último estaba integrado por funcionarios y nobles de la alta nobleza, y su tarea consistía en asesorar a la regente sobre todo tipo de cuestiones. Además, Carlos V nombró en cada provincia un estatúder, que gobernaba en su nombre. María se reunía casi diariamente con algunas personas de su confianza y en estas reuniones por regla general no participaban los nobles, lo cual creó mucho descontento por parte de éstos. Durante el gobierno de Carlos V tuvieron lugar importantes acontecimientos en materia de religión. En 1517 el monje agustino alemán Martín Lutero fijó a la puerta de la iglesia de Wittenberg sus 95 tesis, expresando el descontento que reinaba contra la Iglesia Católica. Su protesta se dirigía especialmente contra el lucrativo comercio en indulgencias, que servían para obtener perdón por los pecados cometidos. Carlos V combatió encarnizadamente a los protestantes, muchos de los cuales fueron condenados a morir en la hoguera. Las ideas luteranas encontraron especialmente en los Países Bajos un terreno abonado. Hay que tener en cuenta que un tercio de los habitantes de los Países Bajos sabía leer y escribir, lo que favoreció el que la reforma se viera apoyada por una gran parte de la población. Surgieron diversas tendencias. La doctrina radical del francés Calvino (1509-1564) ganó rápidamente terreno. Los calvinistas tenían unos servicios religiosos muy sobrios y consideraban como idolátricas las imágenes de las iglesias católicas. Otra corriente de pensamiento importante en la Europa de aquel tiempo fue el humanismo, cuyo representante más famoso fue Erasmo de Rotterdam (1469-1536). Una de sus obras más conocidas es “El Elogio de la Locura “, sátira de los abusos reinantes en la iglesia y en la sociedad. Erasmo intent ó armonizar el humanismo, que concede gran importancia a la libertad y a la autonomía de la persona, con el cristianismo. En 1555 Carlos V se vio obligado a firmar la Paz de Augsburgo con los prí ncipes luteranos del Imperio Alemán. En ella se estableció que cada príncipe tenía derecho a determinar qué religión se podía practicar en sus dominios. Para los Países Bajos esto implicaba que habían de seguir siendo católicos. Aquel mismo año Carlos V abdicaba, completamente desilusionado por no haber conseguido conservar la unidad del cristianismo en sus reinos. Su hermano Fernando heredó la corona imperial del Imperio Alemán y su único hijo, Felipe II, heredó el trono de España y las diecisiete provincias neerlandesas.

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